00:00h del 31 de Octubre de 1984. Había decidido no ir a la fiesta de Sally y ya empezaba a arrepentirse. Sentada en su habitación con una manta hasta las orejas y sin apenas mover un músculo estaba más pendiente de la tremenda tormenta que se había desencadenado fuera que de la vieja película de terror en blanco y negro que reproducía su televisor. Miró el bol de palomitas, apenas lo había tocado, aunque no por falta de ganas. Justo en el momento en el que se armó de fuerzas para descubrir una de sus manos y acercarse al ansiado aperitivo, un estruendoso trueno la hizo retroceder y volver a esconderla. Se percató entonces de las extrañas formas que producía la luz de la televisión en la pared. Sin saber muy bien porque sintió el deseo irrefrenable de tocarlas y al posar el dedo índice sobre la superficie algo la engulló, el propio muro. Nunca más se supo de ella.
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